Los inventores del botón “me gusta” de Facebook y del sistema publicitario de Google afirman que estas plataformas son capaces de llevarnos a una distopía

November 29, 2017

 

Durante el último año, las grandes plataformas tecnológicas, como Facebook, Google o Twitter, se han convertido en el blanco de todas las críticas. Incluso, algunas de estas criticas, provienen de las personas que en el pasado contribuyeron con su trabajo y con su dinero a convertirlos en los descomunales conglomerados que son hoy en día. Las acusan de diseñar las decisiones de la atención mundial con algoritmos matemáticos para su propio beneficio económico. El filósofo francés, Luc Ferry, las atribuye más poder que a los Estados. Y el escritor y periodista Franklin Foer se refiere a ellas como los cuatro monopolios del conocimiento y dice que los humanos somos los tornillos y remaches de sus diseños.

 

El desafecto hacia estos gigantes tecnológicos coincide en el tiempo con la irrupción de una tecnología que promete cambios drásticos en las reglas del juego. Se llama Blockchain y es la tecnología que sustenta a la red Bitcoin. En 2009, Satoshi Nakamoto, el seudónimo con el que se conoce al inventor o inventores de Bitcoin, puso los cimientos de lo que se cree que será la próxima generación de internet. El internet que conocemos hoy es el de la información y el que viene es el del valor.

 

El internet actual ha democratizado el acceso a la información, aunque con un intercambio muy desigual de la información; pues, es a partir de la información que los ciudadanos demandan con lo que las grandes operadoras hacen su negocio. El internet que anuncia blockchain nos permitirá intercambiar valor en cualquier esquina del mundo donde haya acceso a la red. Blockchain promete la creación de protocolos y aplicaciones capaces de irrumpir en casi toda la cadena de valor de plataformas como Google o Facebook. De la misma manera que ellas hicieron en su día con las industrias culturales y creativas.

 

En un documentadísimo reportaje publicado por Paul Lewis en The Guardian el pasado mes de octubre, Justin Rosenstein, el inventor del botón “me gusta” de Facebook (gran invento de la humanidad), y James Williams, el artífice del sistema métrico decimal publicitario de Google, confesaban que las redes sociales para las que trabajaron han creado una tecnología adictiva capaz de secuestrar nuestras mentes y llevarnos a una distopía. Según estos jóvenes, todavía en la treintena, esto ha sucedido porque han construido un internet alrededor de la economía de la atención con el único fin de satisfacer al mercado publicitario. Explican que la dinámica de la economía de la atención puesta en marcha por estas estas redes sociales está configurada para socavar la voluntad humana.

 

Para concienciar al mundo del secuestro de la sociedad por la tecnología, James Williams ha creado junto a otro ex compañero de Google, un sitio que se llama  “Tiempo bien gastado”. Se trata de una organización sin ánimo de lucro en la que denuncian que lo que empezó como una carrera para monetizar nuestra atención, está erosionando los pilares de nuestra sociedad.

Pero tal vez convenga recapitular un poco. Puede decirse que la llamada economía de la atención ya funcionaba antes de internet. De hecho, fue el Nobel de Economía, Herbert Alexander Simon, quien dejó escrito en los años setenta que en un mundo rico en información, la riqueza de información significa la escasez de lo que consume dicha información: que es la atención.

 

Así que no lo sabíamos; aunque lo intuíamos. Al fin y al cabo, ésta economía asienta sus bases en la consideración de los sujetos como consumidores. Antes que nada, nos concibe como consumidores y potenciales compradores. Cuando los medios que hoy conocemos como tradicionales nos buscaban masivamente para vendernos a los anunciantes, estábamos ya en la economía de la atención.

 

Pero, para ello, tenían que esforzarse generando buenos programas o buen periodismo para concentrarnos ante sus pantallas o páginas. En esos momentos, el ciudadano buscaba información o entretenimiento y, de paso, recibía mensajes publicitarios, para proponerte formas de consumo, con los otros mensajes que te gustaban. Mensajes publicitarios de los que podías escapar, a través del zapping o prácticas semejantes.

 

Ante su obstinada resistencia, se introducían nuevas tácticas para que tu atención no escapase a los mensajes. Podríamos decir que había una búsqueda y captura de la atención, con bastante margen para el ciudadano. Hay que subrayar que en estos casos, era el ciudadano el que iba a buscar los contenidos que le interesaban (veía un programa, compraba el periódico…) y que, de paso, se colaban los contenidos publicitarios, que no me venían dirigidos a mí y que podían ser de cosas que me podían ser enormemente ajenas. Por eso la publicidad actuaba como ruido que se intentaba imponer a mi atención y que, en la mayor parte de los casos, nada tenía que ver con mis intereses. Ellos –los medios y los anunciantes- sólo tenían una muy difusa idea de lo que me interesaba.

 

El escritor canadiense Dallas w.smythe ya comparaba en los años setenta a la audiencia con una mercancía que se produce, vende y consume. Smythe decía que los medios de comunicación venden consumidores a los anunciantes, porque éstos son el soporte que utilizan para vender sus productos a los consumidores. Y a cambio, la audiencia ve consumidores gratis. Pero entonces había relativamente pocos medios, relativamente poca información, y muchos consumidores.

 

Con internet esta lógica cambia porque se introduce un factor que antes no estaba, como es la huella de lo que se hace en la red. Queda el rastro de lo que hago, con lo que cambia la relación: ya no sólo recibo información sino que “genero” información. Es más, la relación cambia tanto que se establece de manera dinámica una lógica diabólica: recibiré información en función de la información que genero.

 

Así, la información que busque, pida o acepte, se convierte en la información que doy sobre mí. Castells decía que estábamos en la sociedad red, yo diría que en lo que realmente estamos con internet es en la sociedad registrada y, en términos foucaultianos, vigilada. Mis huellas generan así mensajes que intentan guiar mi camino, tanto online (contenidos coherentes con mis movimientos en la red), como offline (publicidad para consumir).

 

Al final, me convierto en una especie de terminal de esa máquina de registro explotada privadamente por grandes monopolios, subordinado completamente a los mensajes que me manden. Una máquina que sabe en cualquier momento qué he hecho, con quién me he comunicado, dónde estoy o he estado, etc. Así, se ha pasado del ritmo agotador de la cadena de montaje, que también describió Chaplin en Tiempos Modernos, al ritmo no menos agotador y acelerado de la cadena del mensaje, del flujo encadenado de píldoras de contenidos y publicidad “contra mí”. Nuestra atención queda así expropiada, enajenada, sin recibir nada a cambio.

 

La última publicidad de la DGT nos aconseja “pasar del móvil”, mientras se conduce. Pero ¿cómo se puede pasar del móvil cuando se ha convertido en una extensión del cuerpo y nos han disciplinado en la reacción inmediata a cualquiera de sus múltiples estímulos? Hemos incorporado la cadena del mensaje y su ritmo.

 

¿Qué es lo que promete Blockchain? Su carácter descentralizado permite que, en primer lugar, todo sea público y, a la vez, privado: todos pueden acceder a los registros criptografiados de las transacciones; pero la información sólo me pertenece a mí, queda en mi terminal. Entonces, si ya no queda mi rastro, nadie puede comerciar con él, ya sea para venderlo directamente a los anunciantes, ya sea para establecer esa lógica de ir dándome contenidos que me pudieran interesar, en función de ese rastro, que, a su vez, genera más rastro, y junto a un flujo continuo de publicidad “personalizada”.

 

¿Qué es lo que tienen que hacer ahora los anunciantes y, sus mediadores, para que yo les dedique mi atención? Son varias las alternativas; pero las principales pueden resumirse en dos:

a) me la pueden comprar, pagándome por ella

b) me la pueden “comprar”, ahora entre comillas, dándome gratuitamente contenidos exclusivos y de calidad.

 

Hay que subrayar el nuevo cambio de relación que se produce: dejo de ser una especie de “yonki” terminal de las máquinas publicitarias alimentado de mis propias huellas para recuperar cierta autonomía. Del impulso se pasa a la decisión, de la lógica de la adicción a la lógica de las alternativas.

 

Con Blockchain la economía de la atención adquiere otro sentido. Estará vigente, ya que la información es prácticamente infinita e incesante. Estando nuestra atención tan saturada, seguirá siendo un valor muy cotizado. Seguirá siendo uno de los principales productores de consumidores. Pero me reapropio de la misma, de manera que la puedo monetizar para que, a su vez, los intermediarios de la atención (plataformas Blockchain) se la vendan a los anunciantes, como los agricultores venden sus productos a los intermediarios y distribuidores.

 

No es el mejor de los mundos, pero algo se gana. También puedo ir al mercado del trueque y cambiar mi atención-a-favor-de-la-publicidad por contenidos que considero de calidad. Y, por último, puedo adquirir con mis monedas esos contenidos. Además, al volver a ser propietario de mi atención también puedo seleccionar el campo (publicitario) al que puede ir destinada.

 

Así, Blockchain pone en marcha la nueva economía de la atención distribuida, que es el modelo con el que se están articulando las industrias creativas y culturales del Siglo XXI. Por ejemplo, ya hay varias compañías que trabajan con la tecnología blockchain en el desarrollo de buscadores que no dejan huella de nuestro paso por internet. Tim Berners-Lee, el creador de lo que hoy conocemos como internet, es usuario de Blockstack. Este buscador permite elegir la información que se quiere compartir y eliminar el acceso a dichos datos cuando se quiera. Esta compañía trabaja en el desarrollo de la nueva internet descentralizada, donde los usuarios son los dueños de su identidad digital.

 

Otro ejemplo de la nueva economía de atención distribuida que inaugura Blockchain es el buscador Bitclave. A diferencia de Google, Bitclave recompensa económicamente al usuario cada vez que éste comparte sus datos. Por ejemplo, cada vez que busque un vestido será él quien elija la tienda con la que quiere compartir su privacidad y, a cambio, sera remunerará por ello con CAT, que son los tokens de Bitclave.

 

Y es en los tokens donde está la clave del futuro. Por ejemplo, si ustedes quieren que yo siga hablando ahora me tienen que comprar mi token: los covadongos. Esto quiero decir que yo puedo crear mi propia economía y mi propio mercado, en el que me financió a partir de seguidores que, como ustedes, quieren saber más acerca de los tokens después de las expectativas que les he generado. Entonces, tendrían que comprar mis tokens, creándose así una economía circular, donde también cabe que ustedes puedan vender en el mercado estos tokens y ganar un dinero si se han revalorizado. Esto es lo que hacen las empresas que lanzan tokens a través de ICOs (Oferta inicial de moneda). En el ámbito del entretenimiento hay un montón. Pueden seguirlas en Blockchainmedia.es, que es el sitio que he creado para seguir la transformación de la industria de los medios a través de la tecnología blockchain. Casi todas estas empresas se dedican a:

 

1) Comprar con tokens la atención de los usuarios

 2) Vender a los anunciantes que pagan con tokens esa atención comprada a los usuarios

3) Pagar con tokens a los editores y autores que ceden sus trabajos

4) Cobrar tokens a los consumidores que consumen contenidos, pero que quieren acceder a ellos sin publicidad

 

Por último, y para acabar, qué tenemos? Tenemos una comunidad formada por: autores, creadores, editores, anunciantes y consumidores unidos por la plataforma y su token

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